A la empleada se le plegaron las dos señoras que me seguían en la fila de la caja. Quedé como alguien inmisericorde, egoísta, antisocial, etc., etc. Y a más llegó la indignación de estas tres “damas de la misericordia” cuando dije, a voz en grito, “no doy nada a UNICEF porque financia abortos”.
Una de ellas, también a voz en grito, expresó que lo que interesaban eran los “niños vivos, que corrían y comían” y no los “fetos”.
Para peor, se sumó a la escena un señor de modales suaves, con pinta de solterón rico, vestido con ropa de marca, aunque con poca idea de combinar los colores. Se identificó como Hermano Marista y lanzó al aire una “sesuda” sentencia: “ante todo la solidaridad para los más necesitados; dejemos de lado la política; que si aborto, sí; que si aborto, no”.
¿Qué podemos pedir a las cajeras o a las señoras que van de compra, si para este hermano marista el aborto es un asunto “político”? ¡Hasta ahí hemos llegado! ¿Es imbecilidad o es complicidad?
Mandé a imprimir una cuantas copias de este artículo: ONU-OMS: aborto como política de salud. Volví a la farmacia y las repartí en la puerta. Nadie salió con la pretensión de impedirlo.
Lamento no haber dado con el hermano marista o lo que fuera ese señor. Aunque sospecho que de leer lo que yo repartía, hubiera seguido en sus trece.