La clínica de la muerte

«Luego tuve que pagar 470 euros. Eso es lo que valía matar a mi bebé. En efectivo y sin factura. Me hicieron desnudarme y ponerme una bata verde, un gorro y los patucos y una enfermera me puso un suero. Le dije que me quería ir y me contestó que ya estaba pagado y que no iba a ningún sitio».
«Al rato me dijeron que pasara al quirófano. No me habían hecho ni un análisis, ni ni un electrocardiograma y, sin embargo, me pusieron anestesia general. Tengo un papel firmado por ellos diciendo que me habían hecho todas esas pruebas. En el quirófano me preguntaron mi grupo sanguíneo y yo les dije que era 0 negativo. Se fiaron de mí y dijeron que tenían que ponerme otra inyección y que antes tenían que pagarla mis familiares».
«El anestesista me dijo que pensara en algo bonito y me pinchó para dormirme. Sólo recuerdo la cara de una enfermera joven que estaba casi peor que yo. Debía ser su primera vez. Luego vi la aspiradora, pero me dormí. Cuando desperté llorando me sentía vacía, sucia y mala persona».