Quien fomente, aliente, consienta, permita o colabore, sea de la manera que sea con el aborto está cometiendo un pecado. ¿Por qué? Porque estas personas incurren en el pecado de homicidio condenado por Dios, con la de que la víctima es total y absolutamente inocente e indefensa.
La Iglesia no puede engañar al pecador haciéndole creer que lo que hizo, permitió o favoreció, no es de importancia; al contrario, es su deber mostrarle de manera franca su absoluta gravedad. Es más, la Iglesia tiene la responsabilidad de hacerle saber a la persona de la gravedad de su pecado y de qué medidas tomar para evitar mayor condenación. Esa persona tiene que buscar de Dios y buscar el perdón que solamente Dios puede dar.